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Las casas abandonadas

Hoy que es viernes 13, hablemos de las casas abandonadas, esos lugares que te recomendaban no pisar, y que por supuesto para llevar la contraria eran tu lugar de recreo favorito, siempre se decía que había vivido alguien de la nobleza y ahora habitaba su fantasma o historias parecidas.
Lo más divertido era visitarlas de noche, armados de valor y una linterna, entrabas todo crujía a tu alrededor, por supuesto hacía viento con lo que los gemidos tenebrosos eran constantes, las chicas iban para demostrar que no eran unas cobardes niñitas, como les habíamos repetido los chicos unas cien veces para convencerlas para venir, y en las oscuras elucubraciones juveniles asustarlas para conseguir un abrazo por miedo, y soltar un "yo te protegeré".
Habíamos colgado en una de las puertas del piso de arriba unas cuantas latas, con el fin de conseguir que al abrirse cayeran montaran un follón y asustarlas.
Mientras subíamos las escaleras ibamos relatando la historia del conde que pacto con el diablo y este le cortó la cabeza por no entregarle a su primogénito, bla, bla, bla, o alguna parecida, pero nada nos había preparado para la masa peluda negra aullante que bajó del primer piso, y que nos puso el corazón en la garganta.
Y ahí estábamos los valientes asustados por un pobre perro al que habíamos perturbado su sueño, bajando corriendo como alma que lleva el diablo, y debajo de las escaleras subía un olor muy fuerte a vino barato y porquería, un vagabundo barbudo nos gritaba lindezas por su boca y nos lanzaba piedras por haber interrumpido su sueño alcohólico, nueva sarta de chillidos y carreras, que nos condujeron como dos kilómetros más allá de la casa, ni abrazos, ni yo te salvaré, menuda pandilla de aventureros cobardes.
Consejo: no visitéis camposantos, ni casas abandonadas, porque pueden suceder cosas inesperadas, que harán que vuestro valor se torne en miedo en un instante, hay cosas que se arrastran en la oscuridaaaad, feliz viernes 13

La corona de flores


Era San Valentín y las mariposas del estómago que comenzaron a volar, cuando conocí a María, si la rubita de pelo corto capaz de ganarme en una carrera, ahora se han convertido en un huracán que me hacían decir y hacer cosas, que anteriormente ni me habría planteado.
Y allí estaba yo como una nenaza, trenzando florecillas tal y como me había enseñado Merche la chica de las coletas, la cuál había puesto una cara de sorpresa monumental, y a la que tuve que hacer prometer bajo amenazas que nunca se lo contaría a nadie.
Ya tenía mi regalo hecho, ahora lo difícil era como me las iba a arreglar para entregárselo a solas, para no hacer el ridículo en público, así que como un pasmarote hice guardia frente a su casa para abordarla antes de que entrara en su portal.
Allí venía con sus andares decididos y su sonrisilla maliciosa, me planté frente a ella con mis manos a la espalda ocultando la corona, tras unos holas incómodos, se lo dije feliz San Valentín, y cogiendo la corona con las dos manos la deposité en su cabeza.
Ahora me da el tortazo, ahora me da el tortazo, pero no me miraba sorprendida, mientra yo agachaba y levantaba la mirada rápidamente por vergüenza, entonces me cogió la barbilla con la mano y levantó mi cara, estampándome un beso de los que suenan en la mejilla, con tan mala suerte que la vecina cotilla de turno salió a la ventana y comenzó a chillar a todo volumen algo así como que monos, mira Lucía tu niña se ha echado novio, con lo que ella entró corriendo en el portal y yo salí corriendo con la cara más roja que los tomates del huerto de mi padre, pero no importaba las mariposas se habían ido ahora tenía una opresión de felicidad en el pecho, que amenazaba con romperme la caja torácica y mandar mi corazón al espacio exterior.
Pero hubo una víctima más de la escena, Merche lo vio todo desde un balcón, y lloraba lágrimas de tristeza, porque además de no ser ella la receptora de la corona como esperaba, había ayudado a que la competencia se llevara un regalo maravilloso.
Que injusto es el amor allí donde da, quita.

Cazadores, recolectores.


La época prehistórica de la infancia en la que la versión personal de "El señor de las moscas" surge, y el grupo se dedica a intentar acabar con todo bicho viviente, y coger toda fruta, verdura, al alcance.
Ahí estamos armados con nuestro tirador, esa horquilla de árbol bien pelada y lijada, con esas tiras de goma de neumático, en cuyo extremo va grapada o atada con alambre según los casos, un trozo de cuero, todos estos elementos bien elegidos en una búsqueda exhaustiva y metódica, en nuestra partida de caza a por nuestro dragón particular.
¿Y cuál era nuestro dragón particular?, ese vestigio de tiempos antiguos que es la lagartija, adherida a muros y paredes tomando el sol, para calentar su cuerpo de sangre fría, no espera la llegada, de los cazadores avezados que buscan acercarse sin que su sombra roce el muro, para no alertar a la presa.
La goma se estira y la piedra sale disparada con precisión milimétrica, provocando un espectáculo gore de tripas y organos aplastados en la pared, para que luego el cadáver caiga al suelo, un bicho demoniáco la lagartija, pues su cola sigue agitándose tras haberla cortado de su cuerpo muerto.
Con los años aprendes que todos los animales, tienen su función en la vida y que las lagartijas nos libran de muchos insectos, !aaaaah!, pues entonces vamos a cargarnos insectos, a por los avispeeeeros, y tras varios mordiscos de avispa con avón subsiguiente, por intentar acabar con su refugio con pistolas de agua, te enseñan las avispas, ayudan a reproducirse y multiplicarse a las plantas, con lo que acabas aprendiendo que acabar con cualquier ser vivo es un acto a tener en consideración.
Pero esa memoria atávica que provoca esos instintos básicos surge muy fácilmente en esas edades, desde luego muchos menos remordimientos nos causaban los atracones de moras gordas y dulces, a no ser por los pinchazos que te llevabas al caer a una zarza o por la bronca de tu madre cuando llegabas con la ropa untada de mora.

Odio a las niñas


La etapa "Odio a las niñas", esas cosas con trenzas que se empeñan en seguirte a todas partes y te miran de forma rara, obsesionadas con jugar a las mismas cosas que tú, y que cuando te peleas con ellas o se caen cuando las atrapas jugando al "pilla pilla", o al "tu la llevas", o a "la cadeneta", te llaman bruto y animal, y se largan echando pestes de tí, y prometiendo que no volverán a jugar con los niños, porque son unos bestias.
Sí, pero al día siguiente vuelven, con las rodillas peladas y con heridas de la tarde anterior, para convencerte para que juegues a papas y a mamas con sus muñecas, mientras tú pones una cara de repulsión y asco, como cuando destripas un sapo, y te comienzan a razonar diciendo que deberías jugar a otras cosas que no impliquen hacer el cabra, y para más inri te da un beso en la mejilla para convencerte, con lo cual tu cara de asco previa se queda corta con el gesto de horror que tienes ahora, te largas corriendo, pensando si con lejía se quitará esa sensación de tu cara.
Pero entonces llega ella, la rubia con el pelo corto y revuelto, capaz de saltar tramos de hasta doce escalones de una escalera, que te gana corriendo, tiene más puntería que tú con el tirador, y acabas teniendo una relación de amor - odio con ella, porque es muy triste que una chica te gane, pero disfrutas como un enano intentando superarla, y con el tiempo acabas dándote cuenta que esa, es la que querrías que te diera un beso en la mejilla, aunque en esos momentos, aun no identifiques que es esa sensación de hormigueo en el estómago.

Clicks de Famobil


Ha muerto el creador de los clicks de Playmobil, a.k.a. de Famobil, para mi gran parte de mi ocio de la infancia, ahí estaba yo, ya gran seguidor de series y películas, en cuanto acababan iba a mi cuarto y con ellos, el tente y cajas vacías, reproducía las escenas de la película en mi cuarto.
Fue una pena que no consiguiera el barco pirata de playmobil, por más que lo pidiera a los reyes magos, ahora que con pinturas y cajas todo era posible.
Por allí pasaron El Equipo A, El coche fantástico, los lagartos de V, el Comando G,El halcón callejero, El gran héroe americano, indios, vaqueros,espadachines, piratas, soldados, y demás personajes televisivos, que tomaron vida en esos muñecos rígidos con el pelo de casquete.

Capítulo 1: Casetas


Llega un momento en la vida de todo explorador infante, que se necesita un cuartel general para preparar las estrategias del grupo de operaciones.
Los primeros intentos con los cartones del economato, con los plásticos clavados a una pared en plan tienda de campaña, eran bastante efímeros por la lluvia y el viento, debían rehacerse una y otra vez.
Luego se pasa a las casetas de ladrillo de adobe, porque las de madera en un árbol llevaban demasiada labor de ingeniería y materiales, o a ser "okupa" en algún edificio abandonado, lo malo es cuando se enteraban los respectivos padres, y te llevabas la charla sobre la responsabilidad, y la inestabilidad de los edificios abandonados.
Pero estaba muy bien tener una vivienda, fuera de la casa paterna, sin hipotecas, ni problemas, eran estrechas, incómodas, peligrosas, pero los mejores planes, y las mejores travesuras surgieron de esos lugares que eran las casetas.